Protagonista Victoria Vera
Victoria Vera, una pieza clave del cine, la televisión y el teatro de nuestro país, recibe hoy la Biznaga ‘Ciudad del Paraíso’ del Festival
Jesús Zotano
En estos momentos de homenaje es imposible no echar la vista atrás. ¿De qué se siente más orgullosa profesionalmente?
Me siento orgullosa de haber adoptado una carrera desde muy pequeña. Entré a estudiar ballet clásico cuando tenía cuatro años y debuté a los quince años en el teatro. Siento ese orgullo de haber elegido una carrera que no solamente me gusta y la amo, sino que además sirve para que mucha gente se conmueva, se divierta o se entretenga desde la butaca.
¿Qué recuerdos guarda de ‘Asignatura aprobada’, de José Luis Garci, que fue candidata al Óscar a la mejor película extranjera en 1987?
Ese fue un año muy bonito. Porque no solo fue ‘Asignatura aprobada’, que fue maravilloso estar nominados a los Óscar y fue un regalo de los dioses. Ese mismo año estuve en la Berlinale con ‘Testigo Azul’, que era otra película que me gustaba mucho. Era de un director (Francisco Rodríguez Fernández) del que luego no volví a saber nada de él. A veces, la gente que tiene mucho talento desaparece. Es una cosa curiosa. La Elena de ‘Asignatura aprobada’ era un personaje muy bonito que Garci había escrito. Resultaba relativamente fácil entender al personaje, pero asumirlo era importante. Y creo que fue uno de los mejores trabajos que he realizado. Tenía un director que me escuchaba y al que le podía decir cosas, unas las aprobaba y otras no, pero había un diálogo siempre a favor del trabajo.
Después trabajó en coproducciones con Estados Unidos, Italia y México, junto a estrellas de la talla de Anthony Quinn y Peter Fonda. ¿Cómo vivió la experiencia de trabajar en varios países?
Lo que más me sorprendió era la ausencia de divismo y tonterías entre actores como Anthony Quinn, Omar Sharif y Peter Fonda. Eran seres absolutamente entrañables, sin ningún tipo de divismo, cercanos, maravillosos, buenos compañeros… Eso me sorprendió mucho porque tenía una idea de que este tipo de personas iban a ser muy estiradas. Y resultó que eran todo lo contrario.
Las cosas de los prejuicios…
Sí, y hay muchos todavía... Recuerdo los momentos de espera en los rodajes con Anthony Quinn. Jugábamos al ajedrez y él me contaba cosas de su vida.
Hay un cine de transición, con películas como ‘Las adolescentes’, ‘La diputada’ y ‘Acosada’, en el que también estuvo muy presente.
Durante el cine de la transición, me escapé al teatro. Hay un gran equívoco respecto a esto. El cine del destape es el que vivieron las actrices que tuvieron que hacer una doble interpretación: unas vestidas y otras desnudas. Las desnudas traspasaban los Pirineos y las vestidas se quedaban en España. En esa época yo estaba en la escuela de teatro. Veía cómo muchas actrices, algunas de ellas muy conocidas, estaban sufriendo mucho por esto: lo que se conoce como el destape. Cuando llega la transición, es otro tema completamente distinto. Lo que sí surge es una especie de abuso hacia las actrices para que hicieran ese tipo de cine. Pero yo tuve la suerte de que estaba haciendo Antonio Gala, y después Alberti, Arrabal, Blasco Ibáñez... De manera que no me pilló para nada ese momento en el que las actrices no tenían nada que hacer si no se desnudaban. Me libré porque me agarré a algo que es más leal: el teatro.
El teatro, pese a suponer un reto, nunca decepciona…
El mayor reto interpretativo para un actor, y no es algo que diga yo, lo dicen los grandes actores ingleses, los que trabajan en Broadway, es cuando se levanta un telón. Porque no puedes decir: “corta, no me encuentro bien”. No puedes equivocarte, o si lo haces tienes que arreglarlo. Y estás en comunicación directa con un público en directo. De manera que lo más difícil y lo que es más arriesgado es el teatro. Porque es en el momento y en la realidad. Y no hay truco ni cartón. Yo no hago diferencia entre actores de cine o actores de teatro porque el actor debe ser completo. Debe ser capaz de subir un telón y ponerse delante de una cámara. Las técnicas son distintas. En el teatro tienes que proyectar la voz, controlar los movimientos de otra forma…, y en el cine tienes que controlar tu expresión para que sea más introvertida.
No olvidemos la televisión. ‘Cañas y barro’ supuso todo un hito en su carrera.
Para mí fue maravilloso. Me cayeron un montón de premios y fue algo increíble. Recuerdo mucho cuando se emitió el último capítulo. Esa noche estaba en mi casa, todavía vivía con mis padres, y salí a que me diera un poco el aire. Vi que todas las ventanas de las casas estaban encendidas, pero en la calle no había nadie. Aquella calle vacía me produjo mucha impresión. Al día siguiente supe que más de ocho millones de personas habían estado viendo el último episodio de la serie.
Hace tiempo que no disfrutamos de su presencia en las pantallas. ¿Tiene algún proyecto sobre la mesa?
La última cosa que hice fue ‘Salomé’ de Óscar Wilde, en 2017, y al año siguiente falleció mi madre. En 2019 me fui a Estados Unidos y a mi regreso me encontré con una pandemia. Es normal que no quisiera trabajar. Tengo enormes proyectos en el futuro. No puedo decir nada, pero sí que estoy muy contenta.
Vamos, que queda mucha Victoria Vera por delante…
Bueno, yo creo que estoy empezando… Hay dos cosas que detesto en la vida: los convencionalismos y el edadismo. El edadismo es una falta total de respeto para la mujer. Porque quienes están haciendo más cine en estos momentos son dos señoras: Helen Mirren, que tiene más de ochenta años, y Judi Dench, que tiene más de noventa.