Protagonista Joaquín del Paso
El mexicano Joaquín del Paso compite con un relato sobre una familia haitiana que lucha por una vida digna en un bosque amenazado por la tala ilegal
Tamara Harillo
Su película entrelaza dos de las crisis principales en la actualidad: la migración y la emergencia ecológica. ¿Qué lo llevó a contar este relato de resistencia?
La película surge de varias situaciones que ocurrieron en paralelo alrededor de 2021. Primero, durante la pandemia, las fronteras con Estados Unidos permanecieron cerradas. Eso provocó que muchas personas que cruzaban México rumbo al norte en busca de una vida mejor quedaran detenidas en mi país y que empezáramos a percibir con más claridad la magnitud de ese flujo migratorio. Al mismo tiempo, la mariposa monarca fue declarada una especie en peligro de extinción debido a múltiples factores, entre ellos el calentamiento global y también la tala ilegal de madera. Además, se empezaron a escuchar historias de que el crimen organizado, que es una fuerza muy grande en México, estaba reclutando de manera forzada a estos inmigrantes para diferentes trabajos. Para mí, el factor decisivo fue pensar en la conexión entre estos tres puntos. En ese momento pensé que era una historia potente y decidí escribirla.
La tala ilegal suele narrarse desde el activismo ambiental, pero usted la aborda desde la necesidad de quienes terminan participando en ella. ¿Es el sistema quien empuja tanto a las personas como a los territorios hacia la explotación?
Efectivamente. Yo pienso que cuando un gobierno abandona a su gente, a sus jóvenes, y no les ofrece alternativas de vida, es muy sencillo ser reclutado para participar en actividades ilícitas.
La experiencia migratoria se cuenta desde una doble vertiente, la humana y a través de la mariposa monarca, que acompaña toda la trama. ¿Qué aporta este símbolo en la película?
La mariposa monarca es un símbolo de resiliencia, un símbolo de fuerza. Es una especie que pesa alrededor de un gramo y que logra cada año viajar de México a Canadá en una sola generación. Es un milagro de la naturaleza, que una especie tan frágil pueda recorrer tantos kilómetros, sobrevivir y lograr reproducirse. En este caso, a mí me interesaba retratar la fuerza de esta familia, la lucha por seguir adelante, por sacar adelante a las niñas, por encontrar una vida más digna. Las mariposas para mí eran un símbolo muy simple y muy claro de esta dualidad: un recorrido muy duro, pero una fuerza vital muy grande.
Retrata el bosque más allá de un simple escenario. Es un lugar bello, imponente y al mismo tiempo amenazado, un refugio en peligro. ¿Se puede traducir como un reflejo de toda América Latina?
El bosque de la película creo que es un lugar mágico, poco visto, un santuario natural. Siento que efectivamente en Latinoamérica hay muchos lugares así que están en peligro por la ambición del ser humano. Entonces siento que sí se puede hacer un paralelismo. Me interesaba mostrar una cara más profunda sobre lo que llamamos el mal, que tuviera una reflexión sobre qué es lo que orilla a la gente a la destrucción, a la devastación y a la explotación, más allá de un simple hecho maligno, sino como una reacción a un sistema que los empuja a estar ahí.
‘El jardín que soñamos’ es además la primera película filmada en criollo haitiano y español, lo que le aporta una sonoridad muy particular.
Dirigir a Nehemie Bastien y a Faustin Pierre fue un proceso muy bello. Aunque al principio tuvimos que superar la barrera del idioma (yo no hablo francés y ellos se comunican en francés y criollo haitiano), encontramos una forma de trabajar a través de un intérprete. Ese diálogo nos permitió profundizar en la vida del haitiano promedio y construir personajes que reflejan la lucha diaria por una vida más digna. Buscamos siempre actuaciones verídicas, que el público haitiano pudiera reconocer como propias. Fue un proceso muy colaborativo y hay mucho de ellos en la película, algo por lo que estoy profundamente agradecido.
¿Hasta qué punto esta historia lo ha transformado como cineasta y como persona?
Mis primeras películas trataban temas muy personales, directamente relacionados con mi vida. Creo que es algo natural en los cineastas: empezar explorando lo que uno conoce. Con el tiempo, cuando uno crece y aprende a ponerse en el lugar de otros, surge una relación muy interesante entre la ficción y la propia vida. Aunque esta película habla de una familia haitiana en un contexto muy distinto al mío, también es muy personal: aborda el sentido de pertenencia, el amor y la decisión de formar una familia. Esa mezcla permite contar historias más universales. Además, el contacto con migrantes haitianos durante el desarrollo, el casting y el rodaje me abrió la mente a realidades que conviven con nuestras vidas cotidianas y me hizo crecer mucho como cineasta. Siento que es una película en la que he podido plasmar de forma más completa mi manera de entender el cine y comunicar mis ideas a públicos cada vez más amplios.
Por último, Joaquín. ¿Cómo vive su paso por la competición del Festival de Málaga?
Estoy muy emocionado de participar por primera vez en el Festival de Málaga y de mostrar aquí la película, que aún está muy fresca para mí. Creo que el público andaluz va a conectar con esta historia porque, aunque hable de realidades distintas, en el fondo trata sobre personas que buscan libertad, dignidad, paz y una vida mejor.